Larga vida a la magia que hicimos juntos.

Larga vida a la magia que hicimos juntos.

Mi terapeuta se despidió de mí en la última consulta diciendo: “Buen viaje”, y en ese momento no sabía a qué se refería. Días después, Taylor anunciaba por primera vez conciertos en México, y la venta de boletos era el día de mi cumpleaños, un 13 de junio. Y como la mayoría de ustedes, me seguí agarrando fuerte.

Cuando tenía unos 12 años conocí a Taylor. Entré a la habitación de mi hermana y en su pared colgaba la imagen de una rubia alta sosteniendo una guitarra. Le pregunté quién era y me dijo que se llamaba Taylor Swift. En ese momento me regaló el espacio en el que siempre podré existir: yo, mi creatividad, mis sentimientos, mis problemas y mis soluciones.

Así comenzó un camino de compañía cotidiana, porque sabemos que vivimos nuestras vidas, infancias y adolescencias; experimentamos el ser jóvenes y comenzar a hacernos mayores. Perdemos y ganamos, nos perdemos, nos encontramos, nos enamoramos y nos decepcionamos. Estudiamos, trabajamos, nos convertimos en madres o padres, perdemos a nuestras madres o a nuestros padres, pero una cosa en esta vida tenemos asegurada: que regresaremos a su música una y otra vez, como comer, como dormir, como respirar.

Fue un camino complicado. Cuando estaba en la secundaria era muy tímida; me gustaba mucho leer y físicamente distaba mucho del tipo de persona que llamaba la atención. Económicamente no tenía muchas posibilidades y tampoco destacaba en las calificaciones. He de admitir que ser swiftie fue eso a lo que me aferré. Esto ocasionó constantes burlas y empujones por parte de mis compañeros e incluso de algunos maestros.

Mis papás me cambiaron de escuela. El primer día tenía mucho miedo. A los pocos minutos de entrar, un chico comenzó a cantar Bad Romance de Lady Gaga. Me decidí a preguntarle quién era su artista favorita y me contestó que Taylor Swift. Años después me estaría abrazando, entre fuegos artificiales, al finalizar el concierto.

Con él compartí todo el fanatismo. Nos juntábamos los viernes para cantar y bailar; nos regalamos mutuamente los álbumes. Así que Taylor también me regaló a una persona que me acompañará toda la vida.

Y así fue pasando la vida.

A principios de 2023 me diagnosticaron una condición metabólica y hormonal que ocasionó un desgaste físico y emocional realmente agotador. No le encontraba significado. Derivó en un trastorno alimenticio y en llevarme al borde. Meses después entendería también esa necesidad de preparación física.

Entonces, cuando Taylor salió al escenario, sentí que al final todo estaría bien.

Conseguí el boleto en una reventa y volé hasta CDMX.

Pienso muy seguido en esta memoria, a diario y en la cotidianidad, porque es incluso mi lugar seguro. En ella radican elementos que no logro dimensionar. La celebración de todo aquello que hemos vivido la experimentamos masivamente, todos juntos. Cada hilo que se usó para elaborar un brazalete de la amistad tejió nuestra hermandad, una que durará para siempre, que nos acompañará para siempre.

A veces me cuestiono cómo pude sentir tanta calidez en una noche tan helada, y era porque me cobijaban, como me cobija de todo aquello que a veces duele cada composición que Taylor ha hecho. Me cobijaba el hecho de que lo sabíamos, de que entendíamos lo que tuvimos que vivir para llegar a donde estábamos.

Muchos de nosotros transitamos un camino que no nos fue fácil. Emocional y económicamente somos parte de un contexto que nos recuerda que algunos sueños son difíciles, mas no imposibles de conseguir. Que nosotros lográramos estar a metros del escenario fue el resultado del esfuerzo propio, familiar e incluso comunitario.

Recuerdo las caras de todos aquellos con los que intercambié una pulsera de amistad; de la chica con quien platiqué durante la espera; de la que me invitó a su comida. Recuerdo que todas hicimos una rueda, compartimos nuestra historia y descansamos en lo que Taylor salía al escenario.

Recuerdo cuando una desconocida me sacó del shock, me sacudió y me dijo: “Mírala, es Taylor, sí es ella”.

Recuerdo ese instante infinito en que Taylor le cantó por primera vez a su público mexicano, cuando le cantó a la historia de nuestras vidas. Lo siguiente lo recuerdo como un sueño, como estar sobre una nube, porque en el instante en el que Taylor cantó Marjorie, lo supe: aunque mi papá había fallecido dos años antes, él estaba conmigo. Todos nuestros seres queridos que ya no nos acompañan físicamente estuvieron ese día con nosotros, en el corazón.

Al aterrizar el avión de regreso, llamé a mi abuela para decirle que lo hice, que lo logré.

Llegué a casa, a la habitación donde escuchaba, escucho y escucharé su música a diario. Me quedé sola y recordé que en esas paredes colgaban los pósters; que en esa misma habitación, años atrás, comencé a soñar con la idea de cantar esas canciones en vivo y que ahora era una realidad.

Entonces sentí que el esfuerzo valió la pena.

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